Grandes mujeres de la historia y sus pecados capitales

Por CEADL el 29 Noviembre, 2016, en Genero

El Mundo / Gonzalo Ugidos
ASandra Barneda le estremecen las mujeres excesivas que la historia recuerda entre laureles. Ha elegido 17 y las ha clasificado en un libro, ‘Hablarán de nosotras’ (editorial Aguilar), como un teólogo, según el pecado capital que las condenó al poder y al infierno. Porque ellas llegaron muy alto y a veces tocaron el cielo con los dedos, pero casi todas acabaron atormentadas por los abismos. Y, sin embargo, representan la posibilidad de la plenitud.
1. Avaricia
Lo que Barneda atribuye a Hillary Clinton es en realidad ambición, que no solo no es pecado sino que es requisito del éxito. Hillary quería ser física nuclear y se ofreció a la NASA como astronauta. Más alto no se podía llegar. La respuesta de la NASA fue: “No aceptamos mujeres en el programa”. Cambió de objetivo, pero no redujo el tamaño de su apetito. Una leyenda cuenta que siendo primera dama se detuvo con su marido en una gasolinera, bajó del coche y estampó un beso de tornillo al empleado. “Fue mi novio”, explicó a Bill. “Si te hubieras casado con él, ahora serías dueña de esta gasolinera”, dijo el presidente.
“Si me hubiera casado con él, ahora sería el presidente de Estados Unidos”, zanjó ella. La historia es una pamema, pero la define. Madonna, por su parte, vendió su alma al diablo por hacer cumbre. “No me importa si tengo que vivir en la calle, no me importa si tengo que comer desperdicios. Lo haré si no hay otro remedio para el éxito”, dijo. Planificó su carrera como Napoleón sus guerras, se arrancó los escrúpulos como quien se extirpa un grano y se convirtió en un prodigioso equilibrio de sexo y cerebro.
La estrella del ‘pop’ pudo haber sido la nuera de Jackie Kennedy, porque hubo un tiempo en que se refugió en los brazos de John Kennedy Junior. Barneda cuenta que Jackie era acomplejada y andaba con la tristeza siempre a cuestas. Dos veces viuda, dos veces desgraciada de puertas adentro, ocultaba la insatisfacción con la hoja de parra del glamour y los sombreritos ‘pillbox’.
2. Soberbia
Édith Piaf forma parte del club de estrellas que transformaron en exhibicionismo su autodestrucción con drogas duras y amores tóxicos. Brilló como un sol e implosionó como un cataclismo. Se sabía salvaje y en el amor buscaba una forma de sumisión. “Piaf se murió porque se aburría”, dijo uno de sus amantes. En realidad, la envenenó la ponzoña de la vida.
A la arrogante Cleopatra dicen que la mató el veneno de un áspid.
Los cronistas la tacharon de soberbia, reina ramera y peligrosa. Julio César descubrió que se asemejaba a Egipto: “Perderla era una lástima; conquistarla, un riesgo; gobernarla, un quebradero de cabeza”. En eso se le parecía Bette Davis, que adoptó la soberbia como salvoconducto para capear un miedo patológico al fracaso. Tenía su propio infierno y necesitaba la gloria para sobrellevarlo. Más de 80 películas y 11 nominaciones a los Oscar no la indemnizaron de sus fracasos en el amor, que no encontró en ninguno de sus cuatro matrimonios ni en sus decenas de amantes.
3. Gula
Oprah Winfrey pasó su infancia en una cabaña llena de mugre y tenía una mísera cucaracha como animal de compañía. Cuando vio en la tele a Diana Ross quiso ser como ella: una negra con diamantes de verdad. Construyó un imperio, se alejó de sus orígenes y la bautizaron Oreo: negra por fuera, blanca por dentro.
También Ava Gardner se crio en el arroyo, liando cigarrillos desde los cinco años. Algunos se los fumaba. Se pasó la vida huyendo de un fantasma llamado soledad. Cuando Louis B. Mayer le hizo una prueba dijo: “No sabe hablar, no sabe actuar, pero es impresionante”. Se enamoró del exceso, de una docena de hombres y de una España en blanco y negro de toreros y pasodobles. Acuñó el epitafio que la define: “Hizo películas, hizo el amor e hizo de su vida un verdadero desastre. Pero nunca hizo mermelada”.
También Chavela Vargas se bebió la vida en vaso largo. Salió de las fauces del alcohol para convertirse en gran chamana de rugidos libertarios. Por lesbiana, la insultaron tanto hombres como mujeres, ni el mundo la quería ni ella quería al mundo, por eso aprendió a vivir con un pie en las sombras del infierno y un dedo tocando la luz de las estrellas. Dijo: “La única razón de mi desgracia fue que me gustaba beber y quise beber. Y me lo bebí todo”. Se fue a los 93 años con los deberes hechos.
4. Lujuria
Se pregunta Barneda si Ana Bolena amó realmente a Enrique VIII o solo perdió la cabeza por el poder y las riquezas. El pueblo la quiso poco, la miró con desconfianza y la llamó “ramera de los ojos saltones”. La Bolena sigue siendo un misterio. Lo más probable es que fuera víctima de unos tiempos en que la vida no valía nada y el rey lo podía todo.
Tras una representación, alguien llamó al camerino de Marlon Brando, que se topó con la presencia hipnótica de Marlene Dietrich. Ante el pasmo del actor, se arrodilló, metió la mano en su ‘boxer’ y por un rato se convirtió en lo que Brando llamaría “la más perfecta pipa del mundo”. Después de su ofrenda, la actriz se presentó: “Perdóneme, señor Brando, soy Marlene Dietrich y he admirado mucho su representación de esta noche”. Ella era la transgresión.
5. Pereza
María Antonieta fue una ‘fashion victim’, necesitaba cuatro estancias de palacio para almacenar vestidos. Prematura en todo, se casó a los 14, fue reina a los 18 y a los 37 perdió la cabeza. Extinguidas las hogueras en que achicharraron su buen nombre, comparece en la Historia como una víctima. No era una santa, pero tampoco una “zorra dilapidadora” o una “loba austriaca”. Si la historia ha retocado su retrato es porque en la desgracia se reveló como una heroína de la dignidad.
Virginia Woolf, rebelde y feminista precursora, se casó tarde y puede que obligada por la sociedad victoriana. Su personalidad enigmática está escoltada por la tortura mental. Se metió en un río con los bolsillos llenos de piedras. Nadie acierta a saber cuál fue el motivo. ¿La locura? ¿La guerra? ¿La depresión? ¿Todo unido? Algunos especialistas diagnosticaron que la escritora padecía bipolaridad.
6. Envidia
Marilyn Monroe, lejos de ser una simple ‘blondie’, tenía un cociente intelectual de más de 160 que quedó eclipsado por su poderoso imán sexual. Atormentada por su infancia de orfanatos sin ser huérfana, se refugió en la terapia y encontró la adicción a los barbitúricos. La revista People la nombró la mujer más sensual del mundo y Warhol la inmortalizó como icono pop.
Maria Callas envidió lo que no llegó a tener: amor absoluto.
Su vida es el argumento de una ópera de miseria, éxito, desamor y muertes. Llegó a lo más alto, pero lo fue perdiendo todo, la voz y a Onassis, el único hombre al que amó. Norma fue su papel favorito: “Siempre me ha gustado porque elige morir antes que dañar al hombre que ama, aunque la hubiera despechado”.
7. Ira
Janis Joplin, una de las voces más poderosas del ‘flower power’ de los 60, fue un pez fuera del agua, una de esas personas normales raras. En el escenario, en vez de cantar sangraba, hacía el amor a 25.000 personas y volvía a casa sola. Se dejó llevar por la ira y cruzó los límites hasta hundirse en las ciénagas de la rabia. Pertenece al club maldito de los que murieron a los 27: Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Brian Jones o Amy Winehouse.
Frida Kahlo llenó sus cuadros de color y horror, de ira y realidad. Aprendió a pintar por supervivencia, por romper la monotonía de estar postrada en una cama desde que un accidente de autobús le partió la columna y le amargó la vida. Sufrió por tullida y por amante que no es amada en plenitud. Amó y fue amada por mujeres, pero su corazón perteneció a un solo hombre: el muralista Diego Rivera, “viejo, barrigón y mugriento”, que fue su otra enfermedad.

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